Noche de Rosario de Cintio Vitier

Intentemos lo inaudito, la derrota, la arrebatadora, serenísima catástrofe de lo que no puede ser. El ser de aquella noche más allá de las imágenes, en la carne viva de si misma, añora equivalencias que no están ni en mis poderes más recónditos. No están, pero no estar es algo semejante a los ojos más vehementes, como los de aquella delicada, con realeza joven, grave judía en qué espinares. Atacar por una de las figuras de la noche con la precipitación del mar, alivia el desértico fuego de que no hay senda para llegar a ello. ¿Qué es ello, le pregunto al humo a la candela, al sabio sabor que se me va amargando a la par que crece la ceniza, marea en sí vistosa de algún oro? Es sólo así, juntando puntas de una incandescencia que sonríe indescifrables bordes, como alcanzo a divisar lo que no fue, por las fervientes calles de Rosario. Decir ¿qué es? Allí nacía lo que conozco a borbotones cuando la sed despierta su bebida, el hambre su alimento, la luz su fuego. Eran jóvenes, sí, con el murmullo de una conversación americana en la noche del Sur, cosa que brilla como la plata al fondo de la pena, y ofrece copas, risas. Risas, si esta palabra pudiera deletrearse como estrellas y masticarse como el pan de la menesterosidad de aquellos sentados a la mesa de las bodas. Mesa, banquete, lujo del ser cuando se reconoce incapaz de conocerse, a punto de lo saciado eterno en el efímero resplandor de los comunicantes. ¿Efímeros, aquéllos? Las miradas llegaron a ordenarse en una esquina de una alta madrugada. Pocos quedamos, fuimos, solos. Éramos todos. No hubo ausentes. Y ardía la promesa del pobre ser, casi innombrable.
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