Pasión y muerte de la luz de Sara de Ibáñez

VIII Mi entraña mereció, panal mestizo, la incorruptible ley de tu voluta. En cada nervio de clavel o fruta un embozado arroyo de granizo. La abeja por mi sangre se deshizo. Vi las raíces de tu isla enjuta, y el atisbo tenaz de la cicuta mezcló a tu piel su aroma fronterizo. Tiendo la mano para recogerla y el lento cáliz de una llaga fría estanca el iris de tu simple perla. Me ciño a su enlutada melodía quemándome sin fin por retenerla en el doble rumor de mi agonía. X El verano se agota en el racimo. Ni avena, ni cigarra, ni amapola. Ni el alga haciendo venas en la ola, ni las tímidas ranas en el limo. Ni la corteza que hasta el llanto oprimo entre la tierna muchedumbre, sola, hecha de sangre y labios la aureola donde me corroboro y me lastimo. Ni la centella que la liebre rubia mueve entre los primores del rocío, ni la humilde fragancia de la alubia. Ni el caballo de sal que adiestra el río; ni la múltiple espada de la lluvia, dirán tu arisca huella, idioma frío.
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