Póstumo de Santiago Montobbio

De todos mis amigos yo tuve la muerte más extraña: con el alma dislocada fui silencio por la página. ¿DE PARTE DE QUIÉN? En nombre de Dios abandonamos las señales en el aire. Nos quedaba el vivir, el vivir sin trabas, en nombre de nadie. No apostamos por él (nosotros, jamás apostamos), pero éramos jóvenes o tenían aún luz las palabras de unos versos extraños que el corazón cifraba. La tarde era una niña a quien abrazábamos riendo en la mañana falsa, y el alcohol y su excitante plata, que luego fatiga y araña, nos hacía andar sin camino, mas fuera de prisa. Era dulce no tener principio y menos aún destino. Era dulce estar en el aire, atravesar el tiempo, ser el vivir que no sabe o sólo nace cultivando cuerpos que dormían como naranjas buenas tras los ojos. Pero llegó la noche, última, terrible y sin aviso, para segarnos las miradas y del amor dejar asfalto. Fueron las ciudades un insomnio y cualquier alma se hacía pequeña en sus estanques. Adiós y sangre, adiós continuo los gestos, los verbos y los días. No teníamos nada: ni cornisas torpes, ni palabras caducas, sólo ciudad e insomnio, un cartón sin colores para recortarnos en él y no tener padre. Entonces mordimos el cartón y miramos al aire. Qué buscábamos pájaros muertos lo saben: un olor de mañana sobre una risa afable. Quizá no debíamos, nosotros, los perdidos. Pero lo hicimos, e intentamos que una lluvia volviera sobre las derrotadas estancias, y para vivir nomás, para vivir sin tener que hacerlo en nombre de nadie. Hablo en plural para fingir no estar tan solo, o quizá es que en esta noche ya soy todos.
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