Primera Epístola De Mí Mismo de Vicente Gaos

¡Mi cenicienta juventud, mis años baldíos!… Soy hombre. Quisiera ser gacela inocente o el león carnicero que do not lie awake in the dark and weep for their sins. Mi cenicienta juventud, mi miércoles continuo sin sello alguno en la frente, salvo el del sol glorioso, el de la segura sabiduría incipiente, la cruz del orgullo, sin recordación postrimera; la frente vana que se alza con pura alegría, con inmortal certeza de una mañana radiante, sin atisbo alguno de ocaso, de cercana finitud, de arrugas- igual que el mar azul de la niñez remota, de la promesa incumplida. Time writes no wrinkles on thy azure brow. Y ahora estoy hastiado de surcos, de renglones torcidos, de noches en vela, de invisibles señales, de impenetrables señales, de vasos de agua en lo oscuro, de tumbas y cruces, polvo, protectoras ausencias. ¡Mi polvorienta juventud, mis días estériles!… Mis noches sin nada y sin nadie excepto el llanto, el lamento, el desvelado monólogo sobre mi condición, el prurito de orinar, la sed, la fatiga, el cigarrillo intempestivo del insomnio, el frío sudor sobre la lisa frente de antaño. Soy hombre. Quisiera ser el árbol, la hoja agradecida a la brisa, a la caricia de mayo, al rumor del río que no va a dar en la mar, que no es símbolo de lo efímero. Solamente un sonido, un frescor, un júbilo, un estremecimiento de vida en la savia ignorante. Quisiera ser aún más, piedra. Piedra sorda, muda. Perfecta concentración de la nada, piedra indiferente a todo destino, a todo origen, honda agresiva, o juguete en manos del niño que la arroja a la superficie del agua, estremeciéndola en aros concéntricos, en anillos fugaces (Time writes no wrinkles…); o materia de construcción para alzar esas casas, esos precarios refugios que habitamos los hombres, como si cuatro paredes pudiesen protegernos del muro final, como si un techo doméstico fuese cobijo eficaz contra la inmensa bóveda de los astros, o con astros, contra el dosel cifrado de la noche, de nuestra vida a la intemperie de Dios, de nuestra vida al raso, al raso. Memoriam, entendimiento y voluntad. ¡Memoria! ¿Quién no suspira a veces por la flor del loto, por su olvidadizo milagro, por su borrón y cuenta nueva, proyecto nuevo, renovada esperanza (destinada, ay, a esfumarse como las ostras, a convertirse en nueva flor marchita)? ¿Quién tiene la vanidad de asumir todo su pasado sin sentir arrepentimiento, decepción, orgullo tronchado por el soplo del viento malo? ¡Caña pensante que te yergues con cotidiana ilusión sobre un mundo en ruinas sobre un fracaso de cristales, desatendiendo espejos, sueños, agendas ajadas, álbumes de amarillenta otredad, insalvables abismos! Nadie regresa de la ulterior ripa. La citerior ripa. Pues cada día tiene su orilla. Cada jornada su puesta de sol. Cada tarde su afán trivial. Cada noche su memento mori. Y la memoria disminuye si no se ejercita. Y el olvido nos cala hasta el hueso. Y la suerte está echada Y la vejez nos acecha desde la cuna. Desde la tumba. Soy hombre. Quisiera ser árbol, el álamo venturoso que no pregunta nada al agua que fluye, que ignora su huida, que no sabe que el río desemboca en su manantial y tiene su nacimiento en el mar. ¡Río inmóvil donde el hombre se baña eternamente en su corriente extática! El movimiento y el reposo son lo mismo, lo mismo, una ficción diáfana. Y lo mismo también la luna menguante y la luna creciente, la luna llena del verano monótono, la luna nueva del monótono invierno. Y en este mundo sublunar repaso ahora retratos abandonados, desvelos inútiles, trajes deshechados, dioses extintos, libros no leídos, mujeres amadas y olvidadas, cartas, papeles, sillas que crujen, espirales de humo, dolores intercostales, visitas incómodas, luces mortecinas, relojes que señalaron un tiempo, saetas que hirieron mi corazón, lo hirieron. Soy hombre. Y mucho de lo humano me es ajeno. Y ni puedo decir que me conozco a mí mismo. Pues no sé nada. Sólo que ahora quisiera ser la gacela inocente o el león carnicero que no yacen despiertos en lo oscuro llorando por sus pecados. Que quisiera ser el mar de mi niñez, tú, mar. Pues el tiempo no inscribe arrugas en tu ceño azul. Que quisiera ser el árbol, la piedra. Que quisiera… Pero es de noche. Es hora de acostarse, hora de apagar la lámpara Out, out, brief candle!
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