Salada savia de Yolanda Bedregal

Padre mío, el invierno -espada de tu muerte- sus varillas de hielo sobre mi pecho inclina. Crujen las hojas secas en desolada sombra al filo del minuto que te arrancó a la luz. Ya no hablaremos nunca del verdeciente pino aunque giren los meses hacia la primavera; yo veré conmovida hundirse contra el cielo la erguida copa oscura, y ya estarán tus ojos perennemente mudos en el carbón azul. Se esponjarán los días, descenderán las noches hacia asoladas playas del Siempre y del Después, mas la salada savia del amor está herida al filo el minuto que te quitó de mí. Contigo platicamos del trino y la gavilla, del papel y el amigo, la reja y la parábola, del agridulce zumo en el cristal humano. Fraternales rondaban por tu voz de maestro San Francisco de Asís, Don Quijote y Jesús. Padre mío, en las horas del hogar apacible devanamos la lana del cotidiano afán; y siempre tu sonrisa tendía el hilo de oro que bendecía el agua y suavizaba el pan. Presagio de ventura, flotaban nuestros nombres con halo de alegría si los decías tú. Hoy me duele hasta el nombre que tú ya no pronuncias y me pesan las manos tendidas hacia ti. Tus ojos amparaban la senda de mi verso. Mi infancia en tus rodillas todavía mecía la muñeca de trapo que el tiempo sepultó. Ahora me llueven años por cada hora que faltas. Nuestro pino ha llorado hasta su último espino. Aúlla la madera de su sillón vacío; los platos en la mesa tienen sonido a roto; las pisadas resuenas indagando algún eco. Esta salada savia del amor se hace niebla al filo del minuto que te llevó a la luz.
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