Final fragmento de Yolanda Bedregal

Ansiosa, ansiosa, ansiosa como los cuerpos jóvenes, allí donde quiebra la inquietud de los hombres, allí donde diluyen su anhelo las mujeres, en ese mismo límite yo soy la curva flecha que se lanza a sí misma. Salí del duro sueño que se rompió la quilla contra la fina arista de mi primer naufragio. Era mi nave nueva, era mi sueño intacto. Eras tú, marinero, un marinero abstracto que me echaba en sus hombros -San Cristóbal enorme- y yo un rosado peso: pétalo sin historia. ¿Ahora qué? Yo me digo. El amor sólo existe en el borde del beso. ¿Y después? En el borde del sueño. ¿Y después? En el borde del mundo, donde los hombres trizan su propia vida trunca y donde las mujeres se alegran con las lágrimas. En ese mismo borde me detuve de súbito. Me desnudaba el aire. Por mis piernas subían suaves hilos rosados, los senos me brotaron como pequeñas lunas. Mi voz era la muda rugiente voz de todas las mujeres del mundo. Tres pinceladas ágiles escribieron tres puntos en cruz sobre mi cuerpo. En ese mismo borde se me quedaron quietos los breves pies errantes. Mis brazos levantados hacían señas largas a los astros maduros. Nieblas, nubes en polvo y líquidos arcoiris, sangre de estrellas rotas, harapos de los mares todo estaba caído en mis ojos cerrados porque unos raros pájaros me arrancaron los ojos. Ahora qué ¡Yo me dije! Amor para mis quietos pequeños pies clavados. Amor para mis ojos en el pico de un ave. Para aquellos que saben desenterrar un sueño. Los hombres están tristes porque el amor es eso. Ya no te llamo ahora. Ahora mi carne joven tiene pequeñas lunas y es más fácil hundirse en el mar que en la tierra.
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