Elegía humilde de Yolanda Bedregal

Un auto ha arrollado a la vieja sirvienta ¡La pisó como una hoja! Era una flor del campo, toronjil, yerbabuena. En la casa hubo duelo por su muerte de plata. Esta mujer oscura de noble cepa aymara endulzaba la vida de seres y de cosas. Llena está nuestra infancia de su imagen de Mamita Copacabana; debajo de su manta de castilla siempre traía la sorpresa de frutas, empanadas o juguetes. ¡Ay dulce abuela nuestra de las macetas y del canario! Tendida en su mortaja, con unción le besamos las santas manos toscas quietas por fin del cotidiano afán. Parecían avergonzadas del reposo; dos angelitos blancos bajaron a cubrirlas. Su nombre era Mama-Usta, y nada más. Las hadas humildes sólo tienen un nombre pero es varita mágica de gracia y bendición. De la mano llevaba a mi padre a la misa; la conocieron los abuelos y bisabuelos. Era lazo entre el ahora y lo perdido. Todo lo daba, todo, su bondad y su alegría, el cobre de la dádiva, el óleo del consuelo. Cual sombra milagrosa colmaba de manjares la olla de cada día, y con agua y con sol daba celajes a los visillos y manteles. Ella prendía el fuego del hogar. Un auto la ha matado. ¡Ay, Dios mío! Su frente estaba herida y su cuerpo, nunca tocado, salpicado de barro. Cuando llegaba al cielo, con un solo zapato, la falda desgarrada un coro de jilgueros le cantaba aleluyas. Con humilde inocencia, debió de imaginar que era fiesta pascual para nosotros. -¿Como para ella el aleluya? ¿Como para ella nuestro llanto?- Sencilla y limpia entró en la gloria cuidando todavía la canasta para la cena de hoy. Nuestra Mama Usta ha muerto. ¡Ay canario, ay macetas, patio y agua!
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