Sólo un nombre podría llevar la dedicatoria de Santiago Montobbio

Supongo que por ser casi lo único que estaba abierto los domingos en el acuario municipal que están estos días derribando habíamos pasado no sé qué desmesurado número de tardes, y recuerdo cómo sólo llegar nos dirigíamos a saludar a tío Alfonso convertido en un besugo, aquel besugo afable, exacto a él y que creíamos que a la fuerza tenía ya que conocernos. El tiempo del que hablo era entonces tan extraño que aún no se habían inventado esas modernas variantes del los parkings que creo que se llaman guarderías, y si me esforzara podría de mañanas y tardes trazar una prolija geografía -la catedral y los paseos, la feria de belenes y de libros, jardines cerca de las autopistas o autos de choque o museos infinitos: calles, rosas y cuadros probablemente más hermosos pero también un poquitín más aburridos que el besugo-. Pero no me interesa y entonces no me esfuerzo. Porque más que eso son los pequeños y diarios infiernos que salpican lo que se dice una vida de familia, ese modo de estar siempre un cazador oculto y fiero en casa y los insoportable ritos de la estupidez y de la histeria de los que muy pronto tuve que aprender a huir íntimamente, para seguir viviendo, lo que siempre recuerdo y lo que me hace pensar siempre que puede no haber modo más titánico de ganarse a pulso el cielo ni oficio más gravoso que el buen oficio de ser madre y pensar también que cuando pienso eso mejor es que me calle sino quiero acabar enhebrando una con otra las cursilerías y más que nada estar convencido de que si algún día consiguiera cifrar en un cuadro, en media página o en cualquier otra imposible forma del tiempo o de la música alguna sombra de mi despedazada vida sólo un nombre podría llevar la dedicatoria.
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