De «Los cuadernos de Marsias» de Carlos Illescas

A plena luz… A plena luz. A hurto y sombra ensayo a escribir tu nombre. No acierto con las letras. Vacilo en el aroma. Me iluminas, su rosa trascendiendo. ¿Cuántas auroras morirán antes, amor, de que termine, ya ciego y loco, de escribir tu amante amor o amor, acaso, amor, a cambio de tu nombre, amor, que olvido sin saber si lo recuerdo? * * * * * Ama la flor al sol que le recrea… Ama la flor al sol que le recrea en claro estilo su perfume; envío el pájaro en espumas recatado si por cercano arpegio de la nube oros culmina sobre el árbol. Pluma, ceniza, amor. Cenit hacia el oriente del remirado sándalo encendido, mas fuego en llama entreverado, amor, la dulce poma de tu lengua al lápiz sobre el temblor del cuerpo en donde trazan un nuevo espasmo para el sol tus senos. * * * * * Amorosa trepaste hasta mi pecho… Amorosa trepaste hasta mi pecho después de confesarme cómo un niño tejía ya la vida en tus entrañas. Allí indolente como en blanda cuna, con ronca voz de sueño me pedías el vetusto relato de la viuda. Sin omitir detalle dije al nardo de tus oídos, dispuesto a las delicias de la fábula, cómo engulle a grácil, la divina, uno a uno sus ágiles hijuelos, después de que los tontos pretenden escapar en vano de los blancos, redondos huevecillos, recién cascados con ternura por su pilosa madrecita. * * * * * Intentaré trazar las letras… Intentaré trazar las letras que leídas al revés recojan por lo menos el testamento de quien muere porque sí muere. Lego la saliva por mi lanzada a hurto en menoscabo del topo azul del cielo, al mudo corazón donde eternizo la caníbal disputa wagneriana del viejo ruiseñor de Teócrito, con los novísimos cuplés ideados por tus muslos sin cese ni reposo. Para siempre. * * * * * Pasó vistiendo la hermosura sola… Pasó vistiendo la hermosura sola. Su clara desnudez del día era. Al grito intemperante de los eunucos fariseos, por toda piedra le arrojé el ojo sano de mi cara. ¡Por el amor de Dios, paseantes, no queréis describírmela de nuevo? Mi amor Mi amor es pústula por el unto del odio apenas encubierta. * * * * * Permíteme mugir tu nombre… Permíteme mugir tu nombre. No te merece al esplendor de un sol euclidiano, Marsias. Mas déjame morir si el alba pone por fin desvencijado, el huevo de avestruz en cuyo centro amor han dicho que el dado de tu nombre axial su furia agita en las herbosas sienes de Pitágoras, bajo un terrible mil y un cero. ¿Lo ves, amor? -los números rodantes en manos del fullero Apolo igual a ti, trabajan en mi contra.
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