El otoño de Luis Felipe Vivanco

1. No le nombramos nunca. No hace falta nombrarle cuando avanza el otoño: sus grandes nubes bajas, sus cielos y horizontes húmedos, en tardanza labradora, los plátanos cobrizos de las calles, los charcos en el suelo y las mal trajeadas mujeres del tranvía. No hace falta nombrarle. Aunque el campo esté lejos, sus grandes nubes bajas nos traen los paisajes anchos, vividos, nuestros, nuestra diaria vereda de aislamiento amoroso. Rocas de musgo y alba junto al crecido arroyo. Encinares quebrándose mansamente hacia el río. Los negrillos. Los finos dibujos de los surcos. La tapia y los frutales del huerto, donde flota matinal en la niebla la oración de las monjas. Los trenes y sus largos silbidos. No hace falta nombrarle. Está en el mundo. 2. Sabemos que está aquí, dorando las distancias mirando, caminando su cosecha, dejándola bien crecida y andada: olas constantes sobre un rumor de antiguas letanías. Sabemos que está aquí, donde todas las fechas tienen pausa de islotes que escuchan, apagados, la espuma del naufragio, donde todas las fechas tienen algo de esa barca sin remos, tan lejos de la orilla… Sabemos que está aquí, donde todos los rostros mezclan lentas arrugas, donde los brazos, sueltos, se apartan de sus cuerpos, donde ya no hay miradas, ni mejillas, ni labios, sino un rescoldo gris de noviembre, enfriándose. 3. Sabemos de aquel carro que ha volcado en la noche, de aquel monte y sus rojas hogueras de pastores, del color de la tierra con disparos de otoño, del frío y la humedad, cuando la tarde moja su cuerpo herido entre los tallos del mimbreral. Sabemos de las jaras ahumadas y las manos del guarda que, una vez destripados los conejos, se ausentan patriarcales y encienden, ahuecadas, su negro cigarro, sin nombrarle.) 4. Aunque el campo esté lejos, amor es fuego. El fuego se enciende por las tardes, dura toda la noche. El fuego son imágenes, silenciosos viajes… Desde la lluvia oblicua de la acera miramos las estampas y pasamos las páginas del fuego solitario: sus llamas interiores. Prontos obedeceres: las luces que se encienden en las calles estrechas, y en los pisos cerrados las fugas en los juegos de los niños que han vuelto del colegio. 5. Se alargan los crepúsculos, los senderos, el viento. No hace falta nombrarle. Por un lado, aprendemos a olvidar, y por otro somos como los niños aunque tanta experiencia sin querer nos ha hecho un poco menos tristes ). No estamos embriagados. (Debiéramos estarlo?) No decimos blasfemias. (Debiéramos decirlas ?) Y la Muerte? Su heroica figura nos convence, nos lleva de la mano… pero sabemos poco de morir, y salimos de las estrellas falsas. Dentro, había una sombra buena, había una esposa y un hijo que se espera tal vez, y se le espera dibujando, cosiendo, cuando avanza el otoño. No hace falta nombrarle tampoco. Envejecemos, somos como los niños: los niños solitarios viajando junto al fuego tardes, noches enteras de amor envejecido. (Y morir es lo último de todo.) Estamos vivos locamente abrazados en la vida y el sueño (aunque haya tanta muerte contagiosa en el mundo.)
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