Ensemble/semblanza de Rogelio Saunders

La hija acompañando a la madre cuya primavera ha pasado, es como el verano acompañando al invierno. El calor y el frío dialogando. Policromos vasos de vidrio con vuelos de holanda y tersuras de pollock. El hosco Cernunnos en la corteza del árbol. El rizoma lucíneo apaciguado en la sombra. La hija, su perfil de pez flotando entre las hojas centelleantes. Su vientre prometido y postergado. La madre lejos, hablando ya como desde lo invisible: la lenta locura del rezo. Madre e hija ensoñadas en la tregua, gastadas por lo inmemorial del uso, como instrumentos de flagelación indolora. Madre e hija bajo los vestidos perennes e intercambiables. Música para nada. Follaje para ningún animal, simplismo de los estamentos. Los distraídos loci danzando como locas lentejuelas alrededor de la boca. Vergüenza de la estrella. Agua, del manantial a la boca. Entrecuerpo victorioso sobre el altar de la reminiscencia. Vaciado del jarrón en el torneo inefectuado: manos más que silenciosas yendo de un sobreentendido a otro sobreentendido. Alegres comadres de Windsor bajo los almendros. Y la lluvia que no llega. Después oscuras rimando se separan. Hoy no es hoy. Lo muy difícil, lo casi divino de esa risa, de ese abanico pequeño o juego de cartas en el cuenco de la mano: mandarín chino de porcelana, budha de jaspe sobre rubí enmarcado por dos mil años terriblemente sencillos. Simpleza de la espada. La plata azul, la seda de los ojos. El canto de la primavera. Los muslos de oro del mirlo subiendo desde el occipucio de nieve. El prepucio blanco del tordo cortado por la brevedad del hacha. La risa del decapitado en las uvas hinchadas del invierno. Senos de rosas dulzonas bajo el esternón lechoso de Roxana. El espantoso chirrido de la sierra, el mundo que avanza y retrocede: oh el astuto. Mientras cae el aceite (la manteca) sobre la mano castigada, bruñida por el eterno retorno. Coral de niña, abierta como una O franca, sin siesta, sin fiesta. Pura matria jugosa sin ola. Pero adentro está la ola agazapada. Adentro está Jonás, el elusivo, acariciando las barbas de ballena, y cada caricia es un estremecimiento de marfil que une los dos polos como dos ígneos pájaros desconocidos, dos oficiantes que sacrifican y desgajan en la elocuencia masturbatoria de la ceniza. Coito: in-tro-i-to. Erotizadas escaleras de limo por las que resbalan las máscaras uxinas, los sentidos primariamente dobles, el chronicon y la palmatoria. Era —dice la madre— en Valcamónica. En el desierto estas cosas no suceden —dice la hija. O así dijeron los que desde el principio lo vieron con sus ojos. Aproximaciones huecas. Húmeros secos, chupados hasta la médula. Madre e hija: pez y anzuelo. Magnolias en el sextángulo pedregoso. Próximas como invierno e infierno. Remotas, azules o casi azules. Purpúreas y quizá marmóreas. Oh corazón. Cuán desesperado. Lo perenne: esta cabeza dolora e incolora, este dia-logos ilíneo, absurdo como baile pontifical. Natural placentario por el rabillo del ojo resbalando. Rayo de moribundia (sirtos, sirtes, sistros) como el pan sonriendo al vuelo, el horno absorbiendo el falo. Fathomless —mastica, tritura, traga, glute y deglute, absorbe y reabsorbe— la hija glándula, quieta en la locura divina. La madre hablando muerta entre flores muertas. Muerte floral del vientre abierto en dos como la flor de mayo. Llegando instantánea a todo corazón, al corazón del Todo. El blanco temblor del ojo, curvo, continuo y ciego ante el semblante callado de la noche. Adiós, muchacha.
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