Réquiem de Jaime Augusto Shelley

Hundo mis vocales piernas en la espesura álgida del año y callo: escucho. Y una sombra a dos, caídas en la prisa de su sueño, abren llagas de insatisfacción, cólera y miedo en el leprosario ambulante de estas horas. Un hombre o dos. Tal vez una mujer. Tendidos en negros albañales de cuartel, goteando muerte lenta. Es un puñal su silenciado pensamiento, su adherida pátina comida hasta los huesos por el llanto. Los útiles del diario, relojes, fósforos o timbres, con toda exactitud, no recuerdan cuándo alguien muere, cómo alguien muere. Sólo las palabras pueden, enrojecidas a impulsos de sus desasidos tallos, mientras que el ramazón a ciegas de las balas trepida y el ácido vapor quema de espanto al cielo, sólo ellas, las palabras negras, pueden, detenidas aunque sea por este instante, mirar hacia atrás tropezando, como al fin de una carrera, con los cuerpos humillados por el arco animal de la metralla. Sombras, voces, cubiertas por mil aves, caen, mordidas por el crimen, caen, nudillos implorantes suben por mi cuello y al compás tembloroso de cien ojos crispan mi lengua. Ruido casi humano que mi sed no alcanza, de rodillas en los muros devastados, sombras, voces, cubiertas por mil aves, caen: Es un puñal su silenciado pensamiento…
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