La jibarita de Virgilio Dávila

Por la vereda angosta que baja de la sierra y con el calabazo terciado en el cuadril, poblando viene el aire de rústicas canciones la jibarita anémica, la jibarita triste, como una flor escuálida de malogrado abril. ¡Y es bella! Son sus ojos humedecidas murtas prendidas en jirones de cielo tropical, su talle y pie menudos; sus labios fueron hechos de la rosada pulpa que brinda la guayaba, y son sus blancos dientes botones de azahar. Allá en la verde cumbre levántase el bohío de yaguas superpuestas a débil armazón; en él jamás penetra la luz de la alegría; lo bañan a su antojo las lluvias torrenciales, y mécelo a su antojo del ábrego el furor. Y allí ¡la pobre! habita… Su traje es un harapo que cubre a duras penas su cuerpo virginal; algún jergón le sirve de lecho miserable, y raros son, muy raros, los venturosos días en que sus manos tocan el codiciado pan. Por eso en sus canciones se nota el dejo amargo del que la ausencia llora de un suspirado bien; por eso cuando ríe parece que solloza la bella adolescente de talle y pie menudos que alberga en sus montañas la pobre Borinquen. Simbólica figura de esta región tendida entre apacibles mares y cielo de zafir, allá va con su carga por la vereda angosta la jibarita anémica, la jibarita triste, como una flor escuálida de malogrado abril.
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